Ácidos grasos esenciales y poliinsaturados

La dieta durante el embarazo y la lactancia es fundamental para el desarrollo neurológico y el crecimiento adecuados del niño, y además, puede jugar un papel fundamental en la prevención de los efectos perjudiciales de la acumulación de productos tóxicos.

El ácido linoleico y el linolénico son denominados ácidos grasos esenciales (AGE), ya que sólo pueden obtenerse a partir de la dieta. Estos ácidos grasos se encuentran en las verduras, frutos secos, cereales, pero proceden principalmente del consumo alimentario de aceites vegetales como el de girasol, maíz o soja. La mayoría de los ácidos grasos poliinsaturados se pueden formar en el organismo a partir de los AGE, pero pueden obtenerse también directamente a través de la dieta, algunos fundamentalmente del pescado.

Los ácidos grasos poliinsaturados se encuentran en grandes concentraciones en la corteza cerebral y en la retina, lo que sugiere su participación en el desarrollo de la función neuronal y visual.

En el feto los ácidos grasos poliinsaturados se acumulan preferentemente en el tercer trimestre de la gestación y en los primeros meses de vida; por ello su aporte a través de la dieta materna en el embarazo y durante la época de lactancia es fundamental para el desarrollo neurológico y el crecimiento adecuados. Esto es especialmente importante en los niños pretérmino (que nacen antes de las 37 semanas de gestación) por la interrupción precoz del aporte materno.

Diferentes estudios han analizado durante los últimos años los posibles efectos de la ingesta de ácidos grasos esenciales y poliinsaturados durante el embarazo. Aunque no hay duda sobre los beneficios de una dieta rica en estos elementos, existe sin embargo controversia en cuanto a la ingesta de ácidos grasos poliinsaturados procedentes del pescado. Si bien debe ser una parte importante de la dieta para las mujeres embarazadas, ya que constituye una buena fuente de proteínas de alta calidad y ácidos grasos poliinsaturados, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) señalan, que algunos pescados (por ejemplo, el pez espada y el tiburón) constituyen la principal fuente alimentaria de metilmercurio, por lo cual no es recomendable su ingesta en mujeres embarazadas o en niños de corta edad. Los niveles de este metal pueden variar en las diferentes áreas geográficas, por lo que las autoridades de salud pública deben asesorar a los consumidores en función de los niveles encontrados en las especies de consumo local.

Leche materna

La leche materna constituye la fuente principal de ácidos grasos poliinsaturados durante los primeros meses de la vida del niño, pero a su vez puede ser también portadora de contaminantes ambientales tales como el plomo, mercurio, PCBs y dioxinas, aunque generalmente a dosis bajas. Las exposiciones a químicos antes del nacimiento han demostrado tener efectos adversos en el bebé, tal como se refiere en el apartado de Los contaminantes ambientales; sin embargo, no hay evidencia de que los contaminantes habituales de la leche materna produzcan daño en el niño. Esto puede deberse a que el bebé sea menos susceptible a estas sustancias químicas que el feto, o bien al efecto protector que tiene la leche materna, fundamentalmente sobre el sistema nervioso e inmunitario.

A pesar de ser una vía de transferencia de muchos compuestos químicos, la leche materna parece tener propiedades que favorecen un mejor desarrollo del niño. De todas formas, el debate sobre el papel que juega la lactancia materna en el desarrollo neurológico del niño sigue abierto. Sus beneficios son cada vez más evidentes, pero mientras algunos estudios los atribuyen exclusivamente a las diferencias socioeconómicas que presentan las mujeres que deciden dar el pecho respecto de las que no lo hacen, otros afirman que el contenido de algunos ácidos grasos presentes en la leche materna y ausentes en las leches de fórmula explicaría el mejor desarrollo de los niños amamantados de forma natural.

En resumen, la dieta puede jugar un papel fundamental en la prevención de los efectos perjudiciales de la acumulación de productos tóxicos en nuestro organismo. Debido a que muchos de estos químicos se depositan en el cuerpo durante décadas, deben tomarse medidas de prevención desde una edad temprana. Al comer desde la infancia más frutas, vegetales, legumbres, cereales integrales y productos animales bajos en grasa, se obtiene una nutrición de calidad y además se reduce la carga corporal de químicos tóxicos. Sin embargo, no debemos olvidar que la mejor manera de proteger a las madres y a los niños es reduciendo o eliminando la producción de químicos nocivos.